miércoles, 14 de octubre de 2015

MÓDULO 1/SESIÓN 8

La Transmisión de la Revelación


Para que cuanto ha revelado se conserve por siempre fiel e íntegro, el mismo Jesús ha entregado su Espíritu a la comunidad viva de la Iglesia, la cual transmite, actualiza y hace presente la revelación en cada etapa de la historia

La tradición cumple una doble función, por una parte protege contra las interpretaciones aberrantes y por otra asegura la transmisión del dinamismo original del texto previniéndola de posibles corrupciones.

Tradición y Escritura son dos modos íntimamente unidos que se necesitan y se compenetran entre sí, pues manan de la misma fuente, se unen en un mismo caudal y corren hacia el mismo fin, formando el único "sagrado depósito", del que la Iglesia deriva su certeza acerca de todas las verdades reveladas.

Es preciso que Cristo sea anunciado a todos los hombres, según su propio mandato: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28, 19). Esto se lleva a cabo mediante la Tradición Apostólica.

La Tradición Apostólica es la transmisión del mensaje de Cristo llevada a cabo, desde los comienzos del cristianismo, por la predicación, el testimonio, las instituciones, el culto y los escritos inspirados. Los Apóstoles transmitieron a sus sucesores, los obispos y, a través de éstos, a todas las generaciones hasta el fin de los tiempos todo lo que habían recibido de Cristo y aprendido del Espíritu Santo.

La Tradición Apostólica se realiza de dos modos: con la transmisión viva de la Palabra de Dios (también llamada simplemente Tradición) y con la Sagrada Escritura, que es el mismo anuncio de la salvación puesto por escrito.

La Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas entre sí, ambas hacen presente y fecundo en la Iglesia el Misterio de Cristo, y surgen de la misma fuente divina: constituyen un solo sagrado depósito de la fe, del cual la Iglesia saca su propia certeza sobre todas las cosas reveladas.

El depósito de la fe ha sido confiado por los Apóstoles a toda la Iglesia. Todo el Pueblo de Dios, con el sentido sobrenatural de la fe, sostenido por el Espíritu Santo y guiado por el Magisterio de la Iglesia, acoge la Revelación divina, la comprende cada vez mejor, y la aplica a la vida.


Para recordar

Dios quiso que lo que había revelado para salvación de todos los pueblos se conservara para siempre íntegro y que fuera transmitido a todos los hombres.

Con la presencia permanente de Cristo y la asistencia del Espíritu Santo, la revelación ha sido transmitida en y por la Iglesia, a través de la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura.

La Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree

Mediante la Tradición, la Iglesia perpetúa la revelación y la transmite a los hombres de todos los tiempos en su vida, en su doctrina y en su culto.

Los apóstoles, en cumplimiento del encargo de Cristo, dieron testimonio de la revelación a través de sus escritos, sus palabras y su propia vida.

La Tradición es esencial y normativa para la fe. La revelación está incompleta sin la Tradición.

Tradición y Escritura tienen la misma fuente, la Palabra de Dios, y tienden a un mismo fin, hacer presente y fecundo en la Iglesia el misterio de Cristo.

En la Iglesia primitiva se daba gran importancia a la Tradición

Lo que los Apóstoles transmitieron, comprende todo lo necesario para una vida santa y para una fe creciente del Pueblo de Dios. 



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miércoles, 7 de octubre de 2015

MÓDULO 1/SESIÓN 7

Jesucristo es la plenitud de la Revelación





Siguiendo una pedagogía propia, Dios se reveló al hombre gradualmente, mediante hechos y palabras íntimamente ligadas entre sí, este largo proceso de la revelación culminó con el envío de su propio Hijo.

En él se da la revelación de la plenitud de la verdad divina. Con él Dios lo ha dicho todo, ya no habrá que esperar otra revelación.

Únicamente Jesús de Nazaret, hijo de María, es el Hijo y Verbo del Padre. El Verbo, que estaba en el principio con Dios es el mismo que se hizo carne. Al respecto Juan Pablo II ha declarada explícitamente: Cristo es Jesús de Nazaret y éste es el Verbo de Dios hecho hombre para la salvación de todos.

Después de la encarnación la divinidad y la humanidad llegaron a una unidad tan grande que Jesucristo verdadero Dios, no hubiera podido realizar las acciones humanas, ni Jesucristo verdadero hombre hubiera podido realizar las acciones divinas. 

En consecuencia, el Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal.

Dios quiere que todos los hombres se salven, por lo tanto, es necesario pues, mantener unidas estas dos verdades: la posibilidad real de la salvación de Cristo para todos los hombres y la necesidad de la Iglesia en orden a esta misma salvación.

El Señor Jesús, único salvador, no estableció una simple comunidad de discípulos, sino que constituyó a la Iglesia como misterio salvífico. 

Cristo y la Iglesia no se pueden confundir pero tampoco separar, y constituyen un único Cristo total. 



Para recordar


Es contrario a la fe de la Iglesia sostener el carácter limitado, incompleto o imperfecto de la revelación de Jesucristo, que sería complementada por otras religiones.

La verdad sobre Dios no es abolida o reducida porque sea dicha en lenguaje humano. Ella sigue siendo única, plena y completa porque quien habla y actúa es el Hijo de Dios.

Aunque la Revelación esté acabada, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cristiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de los siglos.


Con la encarnación, todas las acciones salvíficas del Verbo de Dios, se hacen siempre en unión con la naturaleza humana que él ha asumido para la salvación de todos los hombres, pues el único sujeto que actúa en las dos naturalezas, la divina y la humana, es la única persona del Verbo.

El Magisterio de la Iglesia, fiel a la revelación divina, reitera que Jesucristo es el mediador y el redentor universal.

La acción del Espíritu no está fuera o al lado de la acción de Cristo. Se trata de una sola economía salvífica de Dios Uno y Trino, realizada en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios, y llevada a cabo con la cooperación del Espíritu Santo .

Los hombres no pueden entrar en comunión con Dios si no es por medio de Cristo y bajo la acción del Espíritu. 




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