Yahvé, Dios fiel y misericordioso
A pesar del pecado de idolatría de Israel, que renegó de Dios para adorar al
becerro de oro, Dios escucha la intercesión de Moisés y acepta marchar en
medio de un pueblo infiel, reconociendo así, que es misericordioso, clemente,
rico en amor y fidelidad; que perdona la rebeldía y que, a pesar de la infidelidad
del pecado de los hombres y del castigo que merecen, mantiene su amor por mil
generaciones.
Yahvé se conmovía de su pueblo ante los gemidos que profería bajo el yugo de
sus opresores, porque prevaleció siempre su amor salvífico sobre la infidelidad
de su pueblo, aunque les dejó bien en claro que sus desgracias les ocurrían
porque no escuchaban su voz.
En la predicación de los profetas la misericordia significa una fuerza especial
del amor, que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido.
Yahvé siente por su pueblo un amor real y personal, como esposo enamorado,
fiel hasta el extremo, pero herido por la traición de su amada: que se
engalanaba con anillos y collares, para ir tras sus amantes, olvidándose de mi.
Para recordar
- Cuando revela su nombre: "Yo soy" se revela como el Dios que está siempre allí, presente junto a su pueblo para salvarlo.
- Desde los comienzos, y a lo largo de su historia, tanto en los hechos como en sus palabras, Dios ha derrochado misericordia con el pueblo que escogió para sí.
- El arrepentimiento del propio corazón es el que Dios quiere, no los sacrificios sustitutos de animales.
- Dios busca en primer lugar que se le conozca con amor: “Yo quiero amor no sacrificios; conocimiento de Dios, más que víctimas consumidas por el fuego”
- Dios es amor, por tanto es justo y fiel; no puede contradecirse, debe acordarse de sus acciones maravillosas, su Gloria está en juego, no puede abandonar al pueblo que lleva su Nombre.
- Tanto el Dios de Oseas, como el padre del hijo prodigo ama a su pueblo con un amor inmenso de esposo y de padre, siempre tierno y fiel.
- Yo no guardo rencor para siempre, tan solo reconoce tu culpa, pues mi mano no se ha vuelto demasiado corta para rescatarte (Cfr. Is 50,2)
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